domingo, 2 de enero de 2011

TESTIMONIO PERSONAL

“Acá, en la Tablada de Lurín, al sur de Lima, estoy desde 1982. Nací un 2 de enero de 1921, saca tu cuenta, 84 años, en un lugar un poco montañoso de la hacienda Constancia, del distrito de Chocope, de la antigua provincia de Trujillo hoy Ascope, llamado Facalá. Eso está en La Libertad. Mi padre se llamó Wulmar de Leoncio Donasor Bueno Tello, originario de San Marcos en Cajamarca, y mi madre se llamaba Sara Barrantes Matos. Mi padre era trabajador golondrino. Venía de vez en cuando. Sí, Wulmar de Leoncio era su nombre. Ese nombre, de un lugar de Sicilia, está en Las Vidas paralelas de Plutarco, obra que era vendida por los mercachifles de chafalonería junto con Bertoldo, Bertoldino y Cacaseno, Los doce pares de Francia, Las mil y una noches. Los anarquistas de entonces decían que quien no había leído a Proudhon, a Eliseo Reclús y Plutarco, no podían ser anarquistas.

Fui hijo único y no conocía a mi padre. Sé que él salió del monte y me llevó a la hacienda La Constancia, para mostrarme a mis abuelos y hacerse perdonar por haber secuestrado a mi madre. Él había sido muy amigo de mi abuelo, porque ambos habían sido amansadores de caballos. Yo no he tenido ni últimos ni primeros estudios. Yo aprendí las primeras letras con mi tía Andrea Barrantes, que era la sabihonda de la familia de nueve hermanos, y después hice el tercero de primaria, en el caserío, en Facalá, con mi profesora María Vda. de Eguís, quien no nos enseñó nada, salvo rezar y a cantar “Salve, salve, cantaba María”, “Un buen amigo hallé: mi buen Jesús”. Toda esa cosa. Ni a leer me enseñó, pues ya sabía leer y escribir, gracias a mi tía. Antes de salir de Casagrande, ya conocía a los anarquistas, yo ya trabajaba como peoncito en la caña de azúcar, en diversos trabajos que había para niños y mujeres, esto es, sembrar caña, jalada de higuerilla. Todo eso lo cuento en mis primeros poemas, si podemos llamarlo poemas, pues, más bien crónicas, una especie de periodismo. Sabes, yo llegué a Casagrande cuando tenía once años y ahí trabajé prácticamente hasta los 18 años. Y luego me vine a Lima, lentamente. Yo empecé a escribir a eso de los 12 años de edad. Y mi motivación fue una expresión de Armando Calderón Mirillas, mi maestro del taller de Casagrande, del laboratorio de química, quien le dijo a mi mamá que yo era un chico muy ignorante, que no sabía ni sumar ni restar, que estaba muy atrasado en aritmética; y que comprara una pizarrita, para que él me enseñara. Entonces, eso me avergonzó mucho. Pero hasta cierto punto tenía razón. Claro: eso me impulsó. Yo dije: Yo me voy a educar en forma autodidacta, voy a leer libros, voy a prepararme por mí mismo: no necesito maestro.


DE LOS AMIGOS, MAESTROS, LOS TROTSKISTAS Y LOS LIBROS

Y empecé a leer libros. Empecé a escribir en cuadernos escolares. Leía poesía y empecé a escribir. Algo queda de eso. Y empiezo a publicar en 1943, en la revista Hora del Hombre cuyo director era Jorge Falcón, escribía artículos periodísticos y poesías, y también publicaba en el semanario Democracia y Trabajo del Partido Comunista, porque me nombraron miembro del Comité de Redacción. Publicaba cosas que merecían, pues habían sido leídos por César Miró, por Jorge Falcón. Algunas de esas cosas están en Al pie del yunque de 1966, mi primer libro. Yo comencé publicando en revistas, en periódicos, en cuadernos, de forma fragmentaria, suelta. Ya con el tiempo sale mi segundo libro, Pastor de truenos, en 1968. Para 1970 saco Invasión poderosa. Luego Rebuzno propio, en 1976, y ya en 1980 doy La Guerra de los runas. Ahí paré de publicar libros. Son pocos, pues me dediqué intensamente al periodismo, profesión que comencé en 1943, con Julito del Prado como maestro, porque con él sacábamos el semanario del Partido Comunista. Para qué. Pues en 1944, con un grupo fui expulsado, por trotskista, pues no éramos stalinistas; a causa de una huelga general que apoyamos, época del primer gobierno de Manuel Prado; pero yo todavía no estaba en sazón. No tenía una idea clara lo que era el trotskismo, sí tenía una convicción férrea de que Stalin y los stalinistas eran unos perfectos impostores, desde 1943, ¿ah?; que eran unos traidores, que eran unos mafiosos. Y así, asumí el trotskismo a partir de 1944, época en que estoy contactado y recibiendo adoctrinamiento trotskista, por intermedio de Félix Zevallos, un compañero de la fábrica textil “El Progreso”. Lo del grupo intelectual 1ro. de Mayo es después. Primero fundamos el Grupo Obrero Marxista, con intelectuales como Westphalen, Rafael Méndez Dórich, Tristán Maroff, un exiliado boliviano. Al año y medio, convertimos al grupo en Partido Obrero Revolucionario, Sección Peruana del la IV Internacional. Por esa decisión se retiran Maroff, Westphalen y Méndez Dórich. Ellos querían solo un grupo de estudios. Del Partido Obrero Revolucionario no queda nada, quizá algunas ideas pero con otro nombre, con Hugo Blanco, el último mohicano de los trotskistas ortodoxos. Yo desde 1943 escribía y seguía publicando poemas, pero yo no considero eso poesía ni cosa por el estilo, en realidad arengas, ¿no?, versificaciones de tipo nerudiano, romántico, lorquiano, ¿te das cuenta? Pero la verdadera poesía estoy intentando escribirla desde 1992, año en que empiezo a dedicarme a leer y escribir a tiempo completo, ya jubilado, con tiempo y con respiro, aquí, en la Tablada de Turín, con un poco más de reflexión.


DE PRIMERO DE MAYO, VELASCO, LOS MAOISTAS, LOS HIJOS Y DE LA EXTRAÑA CONVICCIÓN DE SER UN COMUNISTA PURO

Otra cosa fue el Grupo Intelectual 1ro, de Mayo. Nacido el 7 de junio de 1956 con Víctor Mazzi, Eliseo García Lazo, José Guerra Peñaloza, Carlos Gómez Loayza y el que habla. Los cinco tomamos el acuerdo de llamarnos los fundadores, según propuesta de Guerra Peñaloza. Así no habría uno solo que se jamoneara. Yo trabajé con los muchachos hasta 1968, época en que se declararon maoístas de manera feroz y violenta, contraviniendo los principios fundadores del GIPM. Para mi quería que fuéramos un grupo pluralista, en que estuvieran representadas todas las tendencias ideológicas de la clase obrera, con cierto eclecticismo intelectual y literario, medio mariateguista, pues Mariátegui no fue un sectario. A fin de cuentas, un poema no es folklorista, maoísta o equis. Un poema es un poema, registrándose por la calidad y no por lo declarativo, ¿no? La categoría de poema. Esas son palabras mayores. El grupo prosiguió mientras vivió Mazzi. El se quedó como un tótem, el ícono de 1ro. de Mayo; ellos creían que separándome iba a morir poéticamente. Tú sin el Grupo 1ro. de Mayo no eres nada, me decían. ¿Por qué te retiras? E insistieron por algo de dos años para que volviera. Sin embargo fue una buena experiencia. Bajo mi dirección se publicaron 8 cuadernos de poesía y se realizaron algo así como 268 presentaciones en diversos lugares: instituciones, sindicatos, clubes departamentales, etc. Dejando 1ro. de Mayo ya no integré más colectivos. Lo que hice fue, con otros compañeros, la “Asociación La Libertas Pampas de Comas”, con los gérmenes de las primeas invasiones de tierras en Lima desde 1958. Y en Comas viví hasta 1975. Y por el trabajo, venía a Breña y tenía el famoso Callejón Party donde nos conocimos contigo en 1970, ¿no? Pero por el 75 tuve que separarme de mi casa, abrirme, porque la policía, los “rayas” me ubicaban en todos los lugares donde yo tenía parientes y con mayor razón en mi casa. Eso, a causa de que Velasco clausuró la revista Marka de la cual yo fui fundador. Deportaron mucha gente. Menos a mí, porque yo me las piqué y no me encontraron en ninguna parte; y asumí, con otros compañeros, la contraofensiva, acudiendo a los periódicos, sacando volantes, declaraciones y mensajes, y por eso Velasco, se molestó mucho al leer todo eso. Le dijeron: al Leoncio Bueno también hay que incluirlo entre los deportados, y me metió entre los deportados a pesar de que era mi amigo. Yo le había hecho reportajes para la revista Oiga, nos habíamos conocido, había surgido una especie de química. Cada vez que iba a las entrevistas semanales, nos veíamos, me paraba al lado de él, le hacía bromas, nos cochineábamos, conversábamos. Él tenía una deferencia hacia mí. Éramos, prácticamente, patas. Pero ese tiempo pasó porque luego vino el golpe de aleve de Morales Bermúdez; aunque a los pocos días promulgó un decreto supremo derogando la ley, que había dado Velasco, por la cual se nos perseguía y se nos enjuiciaba a los periodistas de Marka. Durante un tiempo yo vivía en el local de Marka, como guardián nocturno y a la vez, yo tenía una amiga que me había cobijado en su departamento, donde yo me había escondido mucho tiempo, desde los primeros tiempos de la persecución. Después me dije, no, la única forma de no volver a ser víctima propiciatoria de las torturas, las persecuciones policiales, es abrirme en forma radical y definitiva de mi hogar y de mi familia; y lo hice, pero con el acuerdo de mi esposa Abelina Román Pimentel, ahora fallecida. Con ella tuve a mis hijos Víctor Leoncio Bueno que está en Berlín, Alejandro Ludwin van Beethoven, que le decimos Beto, y mi hija Sara Rosa Abelina, quien vive en Francia. Ella tenía y los críamos a mis entenados José Carlos Zevallos, que ganó el concurso de cuento de los Juegos Florales de San Marcos, donde tú también ganaste en poesía, y gracias a lo cual nos conocimos; y el otro entenado Luis Félix Zevallos que está en Suecia, periodista, pues siempre trabajó conmigo como mi asistente. Y todos ellos son escritores. Espero que mis siete nietos también lo sean. Pero, además de todo ese avatar que te cuento, hice también cine. Mira esta foto, estoy de capitán en la película Fitzcarraldo de Werner Herzog. Ahí me vi con Mike Jagger, Klaus Kinski y la mamacita de Claudia Cardinale, ya madurona. Bacán, ¿no? Y mira, esta otra foto del diario Cambio de 1999, ahí estás tú también, con todo Hora Zero. Titulé el artículo: La última Vanguardia del Siglo. ¡Carajo! ¡Qué rico! Cómo le habrá dolido a las vacas sagradas. Huevones. Ve. Ahí está también Genaro Ledesma Inquieta, que sigue, pues, de presidente del FOCEP. Y me tiene a mí como su secretario nacional de Prensa. Pero no, hermano, ese cargo será honorífico, porque yo, la verdad, yo soy anarco. Yo no soy elemento para partido político. A Ledesma le decía, como nombre está bien, porque yo no nací para partidos. Los partidos tienen algo de fascistas o tienen algo de stalinistas, todos. Y nadie me puede contar cuentos. Tengo prácticamente 75 años de militancia política. Si desde los 10 años de edad soy anarco-sindicalista. Hoy soy un anarco-sindicalista con ideas trotskistas, y con ideas surrealistas en lo que se refiere a la poesía. Pero no pueden llamarme anticomunista jamás, si yo soy Comunista así con mayúscula, comunista químicamente puro. Si me defino, yo lo que soy es anti-stalinista. Es decir, yo me cago en los stalinistas, que es decir fascistas. Que quede claro. No soy anti-comunista, ni lo fui jamás ni lo seré.


DE LAS CHELAS, LAS GILAS, LOS LIBROS Y LA VIOLENCIA

Ya. Ya. Me calmo. No vaya a fallarme el bobo, ¿no? Pero suave nomás: sigo pensando que el viejo Marx y el Manifiesto Comunista, cada vez más viejo, están más vigentes. Tú lo lees ahora y aplicas el Manifiesto a nuestra época de la globalización y es válido. Y, a lo Mariátegui, sabemos que la revolución no solo lucha por conquistar el pan y las libertades políticas, sino también por conquistar la belleza y todas las complacencias del espíritu. Tenía toda la razón el viejo Marx. Pero volviendo a la poesía, que ese es nuestro cantar, si me pides definir mis libros, diría que al Al pie del yunque es una obra que interpreta y manifiesta el sentir campesino, las experiencias, las vivencias, la época en que viví con la voz e identificado con el paisaje, la gente y los sentimientos de la gente del campo. No es obra de un autor obrero, sino más bien la obra de un autor campesino. Y fíjate que no digo poeta obrero o campesino, porque más vale ser poeta y no creerlo, que creerse poeta y no serlo. Pastor de truenos, mi segundo libro es la culminación del anterior. Lo único nuevo en este libro es el poema “Rebuzno propio” que titularía otro libro mío. Diría que es el único aporte, el único hallazgo, el único puente hacia una poesía diferente. Y en consecuencia, viene Invasión poderosa, donde hay un cambio radical de la expresión, de mi manejo del lenguaje, que es la citadina, y aplico la oralidad. Claro que sus gérmenes están ya desde mi primer libro. Pero el manejo del lenguaje, de los versos, los recursos lingüísticos en ese primer libro son aún tradicionales. Aquí, el manejo de la estética, de la sintaxis, es ya moderno, porque yo ya estoy en Hora Zero. Ya salí de 1ro. de Mayo. Yo ya estoy dialogando, intimando con ustedes la gente de Hora Zero, gente contestataria en ese tiempo, y también con Estación Reunida, con los Rozas, con todos. Pero aquí yo quiero reivindicar el aporte afectuoso de Arturo Corcuera y de Carlos Germán Belli que me dijeron: “tu camino está por el poema Rebuzno propio, y el libro que estás escribiendo no lo vayas a publicar”. Pero yo me apresuré a publicarlo porque me iba de viaje a Chile y quería llevar un librito, material pa vender, como una especie de presentación y de encontrar billete, pa las chelas. No te olvides: Chelas=Gilas. Son una dicotomía que andan siempre juntas. Pues no te tumbas una gila si no le has metido un par de chelas primero, eso tú lo sabes bien, por eso te ríes carcajeando, porque cuántas cholas habrás tumbado, y en eso se incluyen a las gringas con las chelas, carajo. Y es bueno eso. Llevarse a la cama a la mujer más bella del mundo. Y ella no es la blanquita, la rubia, la negrita, la Sharon Stone, la Kin Bassinger, la Andrea Montenegro, un lomazo, no. La mujer más bella del mundo es la que está en tu cama, la que te da y te hace dar un somero y gran polvo. La que te da su más grande y divino orgasmo. Y el resto son huevadas, ¿no? Bueno, igualmente, como corolario viene La guerra de los runas, que es un libro totalmente contestatario y producto de una, podemos decir, programación anterior, aproximadamente hecho con premeditación y alevosía. La guerra de los runas es la justificación de la violencia comunal, colectiva; no de la violencia de los caudillos, de esa que esperan los caudillos y que conducen a las masas. No. Esa violencia, no para seguir haciendo los mismos desatinos, sino esa de los explotados, para liberar al hombre, liberar a los esclavos de ayer y de ahora: seres humanos. Ese libro plantea pues la guerra silenciosa, que estamos haciendo aunque no lo oigas, aunque no lo creas, aunque no lo veas. No tiene humo, no tiene explosiones, no tiene bombas, pero estamos haciendo la guerra silenciosa…”


(Tomado de “Leoncio Bueno. Poeta del pueblo” de Feliciano Mejía, publicado en Revista Peruana de Literatura. Nº 3, enero-marzo, 2005, pp. 32-33).

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